Hace pocas semanas, en esta misma columna, realizaba un breve análisis de las consecuencias que implican los bajos niveles de inflación para las economías del área euro, en general, y para los mercados financieros, en particular. Durante los meses pasados, el Banco Central Europeo (BCE) no ha realizado actuaciones especiales para atajar la amenaza de la deflación, más allá de mantener un moderado nivel de tipos de interés. Esta pasividad del BCE se encuentra condicionada, probablemente, por las ideas que emanan de los países del norte de Europa.

Parece ya claro que una de las mayores amenazas que afrontan las economías europeas es la deflación. Entre febrero del 2013 y del 2014, la tasa de inflación de los países que componen la  unión monetaria se situó en tan solo un 0,7%, muy alejada del objetivo del Banco Central Europeo (BCE) –fijado en el entorno del 2%– y un 60% menos que lo reflejado hace un año, en febrero del 2013, con valores del 1,8%.
Sin embargo, tan preocupante es el bajo nivel de inflación como la escasa diferencia que muestra esta variable entre los diferentes países de la unión monetaria y, en especial, entre los países centrales y los periféricos.

La cercanía de las fiestas de Navidad siempre incita a la reflexión. Así, a pocos días de que finalice el año 2013, merece la pena que hagamos una valoración de lo acontecido en los mercados financieros, en general, y en los mercados de valores, en particular, intentando sacar de ello pautas que nos permitan una mejor orientación futura.

En las últimas ocasiones que tuve la oportunidad de compartir mis reflexiones sobre economía y finanzas con ustedes he ido destacando que existían algunos síntomas que invitaban a un moderado optimismo.

Lógicamente, y como no puede ser de otra forma, dichos síntomas también fueron percibidos por inversores nacionales e internacionales, lo que ha llevado a una franca recuperación de los mercados financieros. En el caso de España, la bolsa ha recuperado un 63% desde los mínimos de Verano de 2012 (+20% en lo que va de año), y la prima de riesgo (diferencia de rentabilidad entre el bono a 10 años español y alemán) se ha reducido en, nada más y nada menos, que 400 puntos básicos. Otros mercados tampoco se han quedado rezagados: durante 2013 la bolsa alemana se ha revalorizado un 19%, la francesa un 17% o la inglesa un 13%.

Sin duda todavía persisten importantes incertidumbres, pero parece ya innegable que el contexto económico de España ha mejorado, aunque sea de forma realmente modesta. Para ser más exacto, y en base a la última información disponible, parece que el deterioro de nuestra economía se ha detenido: no empeoramos, aunque desgraciadamente tampoco mejoramos de manera evidente.

Cuando llega la temporada estival procuro dedicar mi tiempo libre a practicar la vela. En compañía de viejos amigos, solemos participar en algunas de las principales regatas que componen el calendario de la zona noroeste de España. El objetivo es sencillo: impulsados por el viento intentamos alcanzar con ventaja la línea de llegada. Aunque los barcos participantes son diferentes, el viento es aproximadamente el mismo para todos. Por tanto, en gran medida es la pericia de la tripulación la que marca las diferencias. Sin embargo, sin viento es absolutamente imposible avanzar y, por tanto, finalizar el recorrido establecido.

Hace aproximadamente un mes, en este mismo espacio, reflexionaba sobre pequeños cambios que arrojaban una tenue luz al final de este largo túnel: leve mejoría en el sentimiento de los inversores hacia España –especialmente en los extranjeros–, moderada entrada de capitales foráneos, significativa mejoría en la balanza por cuenta corriente, aumento de nuestra productividad en relación con los países de nuestro entorno, etcétera.

Algo está cambiando. No es gran cosa, pero empieza a percibirse cierto cambio de sentimiento. Son pequeños detalles que, observados en su conjunto, modifican la perspectiva  general del observador. Algunos de estos detalles son insignificantes, triviales. Por el contrario, otros tienen más peso específico. Sin embargo, el contexto sigue siendo prácticamente el mismo. Es como cuando entramos en un restaurante que frecuentamos y han adaptado la carta a la nueva estación y cambiado los manteles. Todo es igual, pero la atmósfera es diferente.

Desde el año 2010, momento en el que nuestra prima de riesgo empezó a aumentar de forma insostenible, hemos estado jugando una partida realmente peligrosa. Amagábamos con hacer los recortes exigidos por Europa para reducir nuestro déficit público, pero realmente las medidas adoptadas no han tenido la envergadura que se requería: nuestro déficit pasó de niveles del 9,30% sobre el producto interior bruto en el 2010 al 8,90% en el 2011 y, probablemente, estaremos cerca del 7% en el 2012. Eso supone un recorte de tan sólo unos 2,30 puntos del producto interior bruto, lo que representa poco más de un punto porcentual por año.

Cuando observo los mercados de valores me viene a lamente las clases de física de  mi infancia. Recuerdo cómo el profesor nos mostraba el principio de Pascal, formulado en el siglo XVII por el físico al que debe su nombre, mediante el cual la presión ejercida en un líquido  se transmite con la misma fuerza en todas direcciones. Para demostrarlo utilizaba una especie   de balón rígido con pequeños agujeros. Por la parte superior introducía agua y ejercía presión para demostrar que el agua salía por todos los agujeros con la misma intensidad.